Cuba: luces y sombras del socialismo caribeño

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Fidel ha muerto. Hasta siempre, comandante. Este fin de semana se ha evidenciado la bipolarización radical en torno al sistema cubano que en todo el mundo suele evidenciarse entre quienes afines al régimen, le llaman Fidel, y quienes le rechazan y le llaman Castro. Y es que el símbolo mitológico en qué se ha convertido Fidel Castro, continuando la estela del Che Guevara, llega hasta ahí, hasta identificarse sus partidarios y detractores según le mencionen por su nombre o apellido.

Más allá del respeto a los muertos, es innegable que Fidel ha sido un referente para la izquierda, creo que más por estética que por su práctica. El componente nacionalista antiimperialista de su revolución ayudó, sin duda, a granjearle importantes apoyos entre su población, innegables e incuestionables. Estar a tiro de piedra de los EEUU, con la primera potencia mundial pendiendo como espada de Damocles une mucho, y Fidel supo explotarlo bastante bien. Los logros educativos, también incuestionables e innegables, consiguieron reforzar precisamente el adoctrinamiento social (1) y la cohesión en torno al Partido y a la Revolución. La medicina, joya de la corona de la inversión del régimen, sirve también como elemento de orgullo nacional, incluso como referente internacional, para promocionar el sistema y, a la vez, permitir sacar pecho a una isla que se reconforta cuando los indicadores de la Organización Mundial de la Salud la colocan, en muchos aspectos, por encima de su rival norteamericano.

“¿Dictadura? ¡Ni la del proletariado!” (Don Santiago Carrillo)

Pero también es cierta y nadie niega la falta de libertad que padece el pueblo cubano. En las cárceles cubanas se encuentran encerrados reconocidos presos políticos, incluso por delitos de opinión. Las elecciones democráticas brillan por su ausencia en un país de partido único. El control social incluso en los mismos bloques de casas poco tiene que envidiar al represivo universo recreado por Orwell en 1984. La libertad de prensa ni está ni, por el momento,, se la espera.

La homosexualidad, aunque fue nominalmente legalizada 20 años después de la Revolución del 59, sigue estando reprimida y es objeto de fuerte discriminación. Tanto es así que, dentro de los tímidos intentos aperturistas que se vienen dando en el régimen, sólo hace 3 años, por cuestiones de imagen el Partido Comunista se vio obligado a recoger en sus estatutos la obligación de sus militantes de enfrentarse a los prejuicios y conductas discriminatorias por motivo de orientación sexual.

Parece irónico que una de las mayores justificaciones para la Revolución de 1959 fue que Cuba se había convertido en el burdel de Estados Unidos. Desde entonces hasta hoy, Cuba se ha convertido en un referente del turismo sexual, incluso entre muchos militantes de la izquierda europea. Más allá de la contradicción personal, sin duda es otro reflejo más de las lagunas y carencias evidentes del sistema.

Lo que tiene la falta de democracia es que el poder, en Corea del Norte o en Cuba, queda en familia. Cuando debilitado por su salud Fidel se retiró, ocupó su puesto su hermano, Raúl. La apertura iniciada por el menor de los Castro aún es lenta, tímida e insuficiente. Obama movió ficha, inteligentemente, para conseguir resquebrajar el totalitarismo cubano y abrir vías a una evolución democrática. Sin duda la llegada de Trump a la Casa Blanca no es un buen augurio de como marcharán las cosas a partir de ahora.

Es necesario un régimen democrático en Cuba, y es preferible que la transición se produzca de manera pacífica. Que las cubanas y cubanos dejen de intentar llegar a Miami en precarios artilugios que muchas veces no llegan ni al grado de pateras, que dejen de huir a riesgo de ahogarse o que los devoren los tiburones. Un país del que la gente huye no es un modelo a seguir.

Y, como primer paso indispensable y exigible, no estaría de más una amnistía que vaciase las cárceles cubanas de presos políticos.

Adios, comandante (1).

@JoseRaigal

(1) Es curioso y muestra de ciertas incoherencias de parte de la izquierda española que quienes critican al fundador de la legión Millán Astray por su “Viva la muerte”, se emocionen ante el castrista “Patria o muerte” que en algún momento de enroque ideológico se convirtió en “Socialismo o muerte”. Nada especialmente destacable entre quienes citan a Unamuno “a un civil se le puede militarizar, pero a un militar no se le puede civilizar” y a la vez adoran a alguien a quien apelan cariñosamente con su graduación militar de comandante, y que vistió de uniforme verde oliva hasta que su salud le obligó a cambiarlo por un holgado chandal deportivo. Y es que Cuba es un país profundamente militarizado donde el ejército pesa muchísimo más que la sociedad civil.