Trump: el triunfo de la América energúmena

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Que un personaje como Trump sea capaz de ganar la Presidencia de EEUU con medio millón de votos menos que su rival, dice muy poco no sólo del sistema electoral y la sociedad estadounidenses sino, por extensión, de todo el género humano.

No voy a caer en la tentación de buscar excusas fáciles o pretextos que minimicen la catástrofe electoral. Cierto es que el sistema presidencialista americano adolece de la brutal laguna de hurtar el voto directo popular, y cierto que tradicionalmente el sistema perjudica al Partido Demócrata, que, a lo largo de la historia, en cuatro ocasiones ha ganado en voto popular y pese a ello ha perdido la presidencia. Pero también es cierto que cuando entras en una competición y conoces las normas, te gusten o no, las asumes y luego no puedes echar la culpa al empedrado si tropiezas y caes.

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Ha ganado Trump porque hay una América profunda, diferente del cosmopolitismo de las grandes urbes, que tiene un poderoso peso electoral. Ha ganado su discurso antisistema que, básicamente, es un discurso de odio, intolerancia y antidemocrático. Y lo lamentable es que más de 60 millones de personas en la primera potencia mundial han votado un Presidente que ha sido saludado con entusiasmo por la ultraderecha europea, que en ocasiones ha participado activamente en la campaña de Trump.

La primera batalla social ha comenzado con sus declaradas intenciones de acabar con la reforma sanitaria de Obama, demasiado moderada para los sistemas públicos de salud europeos, demasiado agresiva para el sistema capitalista americano y las compañías de salud privada. La contestación por miles de personas en las calles norteamericanas durante días de manifestaciones y enfrentamientos callejeros ya ha forzado declaraciones de Trump reculando en parte, o aparentándolo al menos.

Lamentablemente, es de prever que el mandato de Trump va a provocar mayor desigualdad entre las clases, mayor discriminación contra las mujeres y “minorías” raciales y una fractura en la sociedad americana que supondrá un histórico retroceso hacia épocas más reaccionarias.

No todos son iguales. Una vez más, el discurso maniqueo y simplista que tiende a equiparar a los grandes partidos de izquierda y de derecha es aprovechado por la derecha (en el caso de Trump, por la extrema derecha) para avanzar posiciones frente a la apatía, la desmovilización o el fraccionamiento del electorado progresista.

En España estamos padeciendo las secuelas de las campañas podemitas antisistema que, desde el 15m, forjaron la estupidez del presunto PPSOE. El resultado aquí es que tenemos Rajoy para rato (Pablo Manuel llegó a votar NO, junto a Rajoy, para evitar que Pedro Sánchez fuese presidente). El resultado es, en EEUU, que muchos no votaron a Hillary porque daba igual, o representaba al establishment, o incluso se dejaron seducir por el discurso populista y antisistema de Trump, y éste ha salido elegido.

Al final de todo esto, lo que encontramos es que los antisistema (de izquierda o de derecha) al final resultan contrarios al sistema democrático, los extremos acaban tocándose y las consecuencias las acabamos padeciendo todos, porque cada retroceso en la Democracia es un retroceso en las libertades y derechos de la clase trabajadora y los colectivos populares. Y ya lo estamos viendo.

@JoseRaigal

 

 

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