Elogio del activismo

Tenía otro título: “Sé activista”, pero lo he desechado porque siento un cierto hartazgo de ver cómo se indica a las personas qué deben hacer con su vida. Este afán de todos los dirigentes sociales por manipular al personal, individual o colectivamente, me aburre y me indigna a partes iguales. No, no te diré que tú, que estás leyendo esto debas ser un activista. Ya verás qué es lo que quieres hacer con tu vida, tu sistema de prioridades es tan respetable como el mío.

Pero si quiero hoy explicar por qué considero que el activismo social es imprescindible. Y por qué yo, personalmente, llevo desde mi adolescencia embarcado en militancias variadas que han ido cambiando por coherencia personal conmigo mismo, por decepción con quienes dirigían las organizaciones y por la lógica evolución que he vivido por el paso del tiempo, la información adquirida y la experiencia acumulada.

El ser humano es presa de una terrible contradicción, al ser un sujeto con conciencia individual de si mismo, de sus propias necesidades e intereses, y a la vez estar obligado a vivir en sociedad, de forma colectiva, encajando esas necesidades e intereses individuales con los del resto de individuos que se relacionan con él en todos los aspectos.

De esta contradicción surgen todos los conflictos sociales, los de clase, los de género, los de identidad sexual, los nacionales, los religiosos… pues al agruparnos en colectivos los diversos intereses colisionan entre sí o las diferencias son utilizadas como factor de dominación en un marco de conflictos más primarios.

Del conflicto entre los intereses y de la colectivización de los mismos en grupos definidos es de donde surge el activismo social. Común y erróneamente se tiende a identificar el activismo con corrientes progresistas, pero también existen quienes ejercen su activismo desde posiciones conservadoras. Cada cual trabaja y se esfuerza en defender los intereses de su grupo.

Frente al activismo se puede desarrollar una actitud más pasiva, de meros espectadores del desarrollo de los acontecimientos sociales. Tan respetable me parece una actitud como otra, ya dejé atrás la etapa adolescente de autoafirmación personal donde, si no eras un militante entregado capaz de darlo todo por la causa se consideraba que eras un pequeño burgués despreciable, una víctima, un borrego. Esa distinción maniquea es propia de las sectas, dando un valor general y objetivo a lo que es fruto de una decisión personal y libre. El activismo o no activismo por sí solo no define a una persona y mucho menos aún sirve para juzgarla.

Y aún así, desde el respeto a quienes eligen otras maneras de vivir, reconozco que el gusanillo del activismo continúa dentro de mí.

Las redes sociales, de las que tantas pestes echo por la demagogia y desinformación que provocan, como aspecto positivo me han servido para reparar en movimientos que ya conocía, de todo tipo, ONGs, organizaciones de derechos humanos, ecologistas, feministas, LGTB, RSE… Mi militancia ha sido desde siempre política y, desde que comencé a trabajar, sindical y quizá he bordeado más alejado de lo aconsejable otro mundo variopinto en el que se encontraban docenas de trincheras, de luchas, de frentes de trabajo y de batalla.

Todas las organizaciones y movimientos tienen su efecto y cumplen su papel, incluso los que se disputan un mismo espacio social favorecen con la competencia entre ellos, con un cierto sentido darwinista, que los otros mejoren si evolucionan o desaparezcan si no lo hacen. No me gustan los monopolios, ni los sistemas de partido único, creo que la pluralidad es la vida, y si no existe se abre camino a través de las piedras. No se eliminan los movimientos con prohibiciones ni represión, se eliminan a si mismos cuando son incapaces de adaptarse al medio y al desarrollo del colectivo humano y su ecosistema.

Por eso he tomado la opción de trabajar activamente en los entornos donde me encuentro, porque considero más productivo para mí tener un papel activo y no de mero espectador. Con las luces y las sombras de todos los colectivos humanos, estamos condenados a trabajar y a vivir de forma colectiva, nos enriquecemos y desarrollamos más si no estamos aislados, sino en contacto con los demás. Somos animales políticos. Individuos dentro de la manada, que menguan también como individuos si quedan fuera de ella.

El activismo con el que aportamos en una u otra medida a esa dinámica colectiva en la que estamos inmersos puede revestir diversas formas, que cambien a lo largo del tiempo. No enumeraré las formas ni las organizaciones porque sin duda se te ocurren muchas formas de ser un agente y no un mero espectador.

En la variedad está el gusto 😉

@JoséRaigal