Los linchamientos están de moda

Quizá no sea el momento más oportuno para escribir este post. O quizá precisamente por eso sí lo sea. No lo sé. Cuando vuelan los puñales y la consigna en la que coinciden todos los bandos es “Quien no está conmigo está contra mí” es difícil pedir cordura. No digo equidistancia, porque creo firmemente en que existe lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, y no se puede ser equidistante. He dicho cordura, estoy hablando de procurar evitar los linchamientos mediáticos y juicios paralelos.

Hoy en día está de moda que a la primera de cambio se enciendan las pasiones. Es más, algunas personas parecen buscar motivos para encenderlas y resulta difícil que a uno no le caiga un chaparrón cuando no participa activamente en un linchamiento mediático antes de que finalice un proceso judicial.

Cuando se hablaba de la separación de poderes como exigencia democrática nos referíamos al poder legislativo, ejecutivo y judicial. Ha llegado el momento en que el poder de los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, dañan tanto o más a la acción de la justicia que las presiones del gobierno de turno.

Escribir este post mientras se celebra el ya conocido como Juicio de La Manada entraña sus riesgos, dado que los ánimos están a tope de ebullición en contra de una u otra de las partes implicadas.

Quedando todavía proceso judicial por delante y sin haberse dictado sentencia, si cuando escribo o tuiteo no cargo contra los cinco acusados definiéndoles como machistas violadores se me acusará de justificar las agresiones a las mujeres y las violaciones. De igual forma, si no descalifico a la denunciante desacreditándola como viciosa y mentirosa, habrá también quien me acuse de tomar parte del linchamiento mediático de los acusados.

Estoy leyendo estos días la última novela de Ken Follet donde se describe crudamente el funcionamiento de la Inquisición (institución que cuenta con pocos defensores hoy en día) y, efectivamente, bastaba que alguien acusara a otra persona de hereje o de bruja para que la mera acusación supusiera ya una condena en firme.

Con el enconamiento y los prejuicios viscerales quedan en entredicho las garantías de un sistema judicial democrático, en las que la presunción de inocencia exige que la culpabilidad se demuestre más allá de toda duda razonable y todo el mundo tiene derecho a la defensa.

Dependiendo de a quien se juzgue y de por qué se le juzgue en el mismo momento en que el dedo acusador le señale ya contará con detractores y defensores que se posicionarán dictando sentencia de forma tajante e irresponsable, exclusivamente con la información en uno u otro sentido obtenida de los medios de comunicación y manipulada y vapuleada en las redes sociales por los bandos que defienden a cada una de las partes.

Si, finalmente, la sentencia es acorde con lo que un bando esperaba, será justa e imparcial. Por el contrario, si no se corresponde con el discurso previo de dicho bando, la justicia brilla por su ausencia, ni está ni se la espera. Esta presión social sin duda influye en ocasiones en las sentencias, no sólo en decidir sobre la culpabilidad o inocencia sino, también, en el grado de las penas impuestas.

Si bien toda esta sinrazón no es nueva en la historia, sino consustancial a las miserias propias del ser humano, es preocupante el grado al que están llegando por la contradicción intrínseca de la Democracia, alentada por las nuevas y masivas herramientas de comunicación… Por suerte todo el mundo puede opinar y expresar su criterio, lo que defiendo sin fisuras. Pero por desgracia todo el mundo lo hace. Y, repito, no debemos renunciar a ello, pero de esos polvos vienen estos lodos.

@JoseRaigal

 

 

 

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