¿Podemos cambia de nombre?

La noticia la adelantó el Periódico este domingo pasado. Al parecer la cuesta abajo en caída libre de Podemos está incubando la idea en los estrategas populistas de cambiar el nombre del producto que pretenden vender. Echenique, antaño rival de Pablo Manuel, y que ha conseguido sobrevivir y medrar metamorfoseando sus críticas en adhesión inquebrantable al caudillo, manifestándose más papista que el Papa, se ha apresurado en desmentirlo.

El cambio de denominación social de Convergencia ha sido rentabilizado por el pujolismo que ya va por su tercer nombre desde que se levantó la manta y apareció el brutal tramado de corrupción del 3%, la Gürtel secesionista. Pese a lo evidente del expolio al que sometían a las cuentas catalanas, su apoyo electoral no se ha visto severamente afectado, el cambio de nombre parece funcionar en colectivos con memoria de pez.

Podemos ya ha jugado anteriormente a presentarse a las elecciones con diversas identidades dependiendo del municipio, la comunidad autónoma y, a este paso y si se pudiera y se terciase, dependiendo del barrio correspondiente.

Más grave que cambiar el nombre para aparecer como algo nuevo o distinto (“este es mi nombre, pero si no le gusta tengo otros”) es la continua contradicción entre lo que dicen un día y lo que plantean al siguiente Si algo puede Podemos es ser oportunista, eso si que han demostrado que sí se puede.

Pero este continuo travestismo, mutatis mutandis, no es exclusivo del populismo violeta (cada vez menos morado). En esto, como en todo lo demás, han demostrado ser más de lo mismo, nada nuevo en la política, salvo el insuperable grado de desfachatez y tiranía de su caudillo Pablo Manuel, que es capaz de cosechar más desprestigio que cualquier otro líder político. Sí, esto también él lo puede (lleva tiempo siendo el líder peor valorado).

No es exclusivo este oportunismo de Podemos, repito, aunque Podemos sea su máximo exponente. Vivimos en un momento histórico donde el postureo, el aparentar, el mantener la pose, el fingimiento más hipócrita, es el signo de los tiempos. Las redes sociales y una cultura fugaz y eminentemente visual permiten lanzar mil mentiras diferentes y cada una de ellas repetirla un millón de veces. No es patrimonio de nadie pues es una peste que pudre la sociedad por completo. Las excepciones pueden ser honrosas, pero son escasas y, valga la redundancia, excesivamente excepcionales.

Nuestra Democracia lamentablemente tiene imperfecciones por pulir, aunque la peor democracia siempre será mejor que la mejor de las dictaduras. Uno de los aspectos manifiestamente mejorables hoy en día en España sería el que las fuerzas políticas y sus líderes maduraran y actuaran con coherencia, que la pugna política se basara más en los contenidos y menos en el postureo. Refrescaría las instituciones y la vida política, implicaría de manera mas fundada a la ciudadanía, reforzaría el ejercicio responsable de las libertades y supondría un avance en la calidad de nuestra vida social cotidiana.

Quizá así España dejaría de pensar en cambiarse el nombre a Posturelandia.

@JoseRaigal

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